La retina es la capa más interna del ojo y su misión es transformar la luz en un estímulo nervioso que llegue al cerebro. Las alteraciones de esta estructura tienen como consecuencia disminución de la visión, percepción anómala del color o de las formas de los objetos, e incluso pérdida total de la visión en una zona concreta o por completo. Para su exploración son necesarios dispositivos ópticos especiales.
La retina participa en el proceso por el cual percibimos las imágenes del siguiente modo: cuando la luz llega a las células fotorreceptoras provoca un cambio estructural en una proteína. Este cambio altera la permeabilidad de una membrana que envuelve a estas células y, como consecuencia, se produce una entrada y salida de iones que genera una diferencia de potencial eléctrico en ambos lados. Esta diferencia de potencial provoca un estímulo nervioso que será transmitido a través de 3 neuronas hasta llegar al cerebro donde será percibido e interpretado como una imagen concreta.
Podemos considerar 2 zonas con diferente función en la retina:
Central: «mácula lútea» con una estructura peculiar que le da un aspecto deprimido y amarillento. Es la zona de máxima visión y la que se utiliza para distinguir detalles. Sólo puede percibir imágenes si el ambiente está suficientemente iluminado.
Periférica: permite la visión en ambientes con poca luz y, en cualquier tipo de ambiente, se utiliza para percibir lo que se encuentra alrededor del área en el que apreciamos detalles. A modo de ejemplo, un futbolista en un determinado momento fija su mirada con la mácula en la portería del equipo contrario y simultáneamente la retina periférica le informa de que por un lado se acerca otro jugador que le puede quitar el balón. Inmediatamente utilizará la mácula para ver detalladamente a dicho jugador.
Patologías más frecuentes de la retina
Degeneración macular senil (DMS). Es muy frecuente, la padecen aproximadamente el 10% de las personas entre 65 y 70 años y el 30% de los mayores de 75 años, con lo que es la principal causa de ceguera de los ancianos en los países en los que se tratan adecuadamente las enfermedades oftalmológicas. Se produce por un envejecimiento acelerado de la mácula que ocasiona la pérdida de la visión central y el mantenimiento de la visión periférica; así, un paciente con DMS no puede ver el árbol al que mira pero sí el resto del bosque.
Hay dos tipos de degeneración macular senil:
- la forma atrófica o seca es la más frecuente, el 90% de las DMS. Tiene una evolución más lenta y permite mantener durante más tiempo una visión aceptable sin tratamiento.
- la forma exudativa o húmeda es menos frecuente, el 10% de las DMS, pero es la responsable de la mayoría de los casos de pérdida grave de visión.
Los síntomas comienzan con visión borrosa, mayor necesidad de luz para leer y realizar algunas tareas y, a medida que progresa, aparece una mancha borrosa que va volviéndose cada vez más oscura en el centro del campo de visión. No existe un tratamiento eficaz para la forma seca.
En la forma húmeda la terapia fotodinámica permite controlar eficazmente algunos casos y retrasar la evolución de otros, pero sólo es eficaz si se coge a tiempo; en aquellos casos muy evolucionados con un deterioro visual importante ya no está indicada.
Las exploraciones oftalmológicas preventivas detectan el problema antes de que el paciente note ningún síntoma y así se consigue aplicar a tiempo la terapia.
Retinopatía diabética. Prácticamente todos los pacientes diabéticos que necesitan insulina, con el tiempo, desarrollan retinopatía diabética y muchos de los que se controlan con dieta y comprimidos también la desarrollan.
En esta enfermedad, los productos derivados del metabolismo de la glucosa (hidratos de carbono, azúcares) dañan las células y los vasos sanguíneos y, como consecuencia, se daña la retina. El daño producido es progresivo y, sin control, lleva a la ceguera, aunque durante mucho tiempo el que ya padece la retinopatía no nota nada. El tratamiento a tiempo con láser y algunas técnicas quirúrgicas evitan esta evolución, aunque generalmente no permiten recuperar la visión ya perdida.
Desgraciadamente el control adecuado de los niveles de glucosa no evita el desarrollo de la retinopatía diabética y, por tanto, es fundamental que si es diabético, acuda como mínimo una vez al año a una revisión oftalmológica, así como ante cualquier problema que note y siempre por indicación de su endocrino u oftalmólogo.
Desprendimiento de retina. Quien lo padece nota una pérdida de visión que afecta a una zona del campo visual (espacio visto habitualmente) y, en horas, va aumentando el área «no vista» hasta perder con frecuencia completamente la visión del ojo afectado. Este problema, aunque lo puede padecer cualquiera, es más frecuente en miopes de más de 6 dioptrías, después de intervenciones de cataratas, y si otros miembros de la familia también lo padecieron. Si se desprendió la retina en uno de los ojos, es más probable que se desprenda también en el otro.
Normalmente se produce por un deterioro en una zona de la retina que llega a romperse espontáneamente y, a través de esa rotura, se introduce el líquido que hay habitualmente en el centro del ojo (vítreo) hasta separar esta capa, la retina, de las demás.
El tratamiento quirúrgico permite recuperar la visión en la mayoría de los casos, pero la cantidad de visión recuperada depende del tiempo trascurrido entre el desprendimiento y la intervención.
Los pacientes con mayor riesgo son miopes, intervenidos de catarata, familiares de personas con desprendimiento de retina o personas que ya lo hayan padecido en el otro ojo. Estas personas deben someterse a una revisión al menos anualmente, pues si la rotura se detecta a tiempo puede ser pegada con láser y evitar así que se produzca el desprendimiento.
El ver puntos negros móviles y destellos alrededor puede indicar el comienzo de un desprendimiento y por lo tanto debe acudir lo antes posible al oftalmólogo.
Oclusiones vasculares. Se dan más frecuentemente en personas con hipertensión arterial, diabetes y otros problemas que cursen con mala circulación. Los síntomas son similares a los descritos en el desprendimiento de retina pero algo más bruscos. Se produce porque la sangre no irriga adecuadamente la zona afectada.
El tratamiento no suele resolver el problema, pero es necesario una exploración lo antes posible para evitar que se complique y aparezcan otros problemas más graves.
Retinosis pigmentaria. Es una enfermedad hereditaria que no suele manifestarse antes de la adolescencia y que se manifiesta por ceguera nocturna, pérdida de visión periférica y, posteriormente, también de la central. La pérdida visual es progresiva a lo largo de la vida y la evolución depende del tipo de retinosis, pudiendo desembocar en ceguera en la tercera o cuarta década de la vida. existe un tratamiento verdaderamente eficaz. El oftalmólogo se limita a tratar otros problemas asociados y a establecer la probabilidad de que sus hijos lo padezcan. Existen otras muchas enfermedades de la retina, poco frecuentes pero graves, que aparecen en diferentes edades y que afectan a la visión central, la periférica o a ambas. |